Resto de la tribu

No hay datos sobre él o ella, no que yo conozca, salvo que tenía las piernas muy largas, ocurrencias muy buenas, y un seudónimo inolvidable : Resto de la tribu.

Sus viñetas de humor salían en Mampato, durante los años de la UP. De 1972 son las que aquí tenemos. Eran contemporáneas con las ilustraciones de Jorge Pérez Castillo, pero su paso fue más breve, me atrevería a decir. Al parecer se alternaba con Néstor Espinoza en la página de humor. De repente sus monitos desaparecieron .

Da la impresión de un joven bien, pero de los buenos, modernista, adelantado y con un espíritu encantador. Su estilo original, simple pero cuidado, el espacio limpio (o vacío) es un protagonista, la tipografía singular, las volutas hippies, las decoraciones y el color sicodélico. En fin respira en sus dibujos la mejor plenitud de los 70. Uno se lo imagina que estará hoy día en California, todavía vivo y esperamos que el covid no se lo-la lleve. O quizá su historia haya sido muy distinta.

Saludos, pues, estimado o estimada Resto de la tribu.

Dos cintas de cine popular chileno

EL PEJESAPO y MITÓMANA

Ambas películas defendidas en el mismo sentido que rechazadas. ¿Es CINE El Pejesapo? La pregunta la hace Juan E. Murillo en laFuga. Y esa pregunta envuelve tanto las descalificaciones desde “el buen cine” como las defensas desde la honestidad crítica.

El Pejesapo (pez feo, repugnante pero comestible) es un personaje que contradice la compasión o la solidaridad a la que nos incita su miseria material, su abandono y soledad enormes. Eso es muy incómodo, incita a la reacción de unos o a la apertura de otros ante la misma incomodidad. Como el personaje de Chicago chico, del escritor Armando Méndez Carrasco, que describe en la primera parte de la novela su raterismo indolente contra su propia madre –que no lo maltrataba– nos encontramos sin posibilidades ante la caída moral, ante la inconsciencia, y aunque bienpensantes la sabemos provocada por un orden inmoralmente mísero, debemos tragarla como es. El equívoco en ese sentido es que quizá la extensión de la película nos haga centrarnos en dicha caída moral como asunto de los pobres.

Mi pregunta no es si El Pejesapo es cine o no, sino de qué se trata el proyecto del colectivo que la realizó. Tal como el personaje, ellos saben lo que hacen. Quizá se trata de un dolor que necesita mostrarse tal como es, desesperanzado y abrumador. Si ese fuera el proyecto o parte de él, se cumple, sea como testimonio o como necesidad.

Tengamos en cuenta que, a diferencia de películas duras e inclementes como la italiana Feos, sucios y malos, que quiere destruir toda la cristiana misericordia neorrealista, El Pejesapo no generaliza, ni desmitifica ni enjuicia al pueblo pobre ni a lo popular, simplemente muestra algo en un personaje, labor esencialmente cinematográfica, aunque la insistencia quizá repetitiva nos haga llegar sumamente cansados al final aclarador.

La pregunta consiguiente es si la abundancia o la largura de la película no se debe a que en esa extensión se nos muestra una cultura y un mundo que no conocemos. El pueblo bajo, como se le llamaba antes, los sin casa, sin dios, los olvidados, aunque conocidos por cifras y datos, siguen siendo desconocidos en su mentalidad. Al menos desconocidos para el cine y para el cine chileno en particular. En estas dos películas respira esa mentalidad, y no se puede decir si nos parece inentendible u opaca porque lo sea de por sí, o porque no somos capaces de bajar de nuestras propias popularidades, que de todas maneras ven cine y leen libros.

En Mitómana la dificultad de seguir el hilo dramático es probablemente mayor que en El Pejesapo, se podría decir que se multiplican las claves o sobreentendidos para nosotros desconocidos, pues provienen de un mundo ignorado, el mundo que el mundo de arriba produce, pero quiere ignorar. Cabe decir, creemos conocer a los pobres pero ambas películas nos incomodan porque nos desmienten mostrándonos otra cosa que es indesmentible. Ya que, si bien la dificultad es difícil, atisbamos que lo que motiva y mueve a las protagonistas es reconocible pero está vivido de un modo que no se encaja en nuestras ideas de lo popular. Aun en el caso de ser algunas cosas invención de la película, lo que la hace respirar es ese mundo.

Lo que cabe sugerir en este punto es que ambas películas muestran un tipo de experiencia o forma de ser que son populares genuinamente, en el sentido que no están ni etiquetadas en lo popular ya reconocido, y tampoco hechas con o mejor dicho desde claves de la cultura usual, la cultura de masas o la cultura culta.

Mitómana tiene probablemente ciertas contaminaciones de lo culto, quizá ciertas claves rituales explicadas por la antropología, lo digo como intuición. No se trata de querer elevarlas a un podio de lo “puro”, o de lo “nuevo absoluto” aunque sí es perceptible su novedad. La travesía de la chica, la que miente de un modo distinto al Pejesapo, con otros fines más complejos, queda como sin consumarse. Ella no se mueve para sobrevivir, su búsqueda es espiritual, pero en el largo transcurso, y entre toda la gente y situaciones en que se envuelve, pareciera disolverse aquello que busca tan obstinadamente y tan solitariamente, es decir traspasa el objetivo de ganarse solo un papel como actriz. Sin embargo el transcurso –su odisea– vale en muchas ocasiones por sí mismo, por lo que muestra y la forma de mostrarlo, como en la secuencia en la pasarela sobre la autopista, lugar durísimo, acompañada de la niña que también ambiciona ser actriz, donde hay muñecas de Bachelet colgadas en protesta por el abandono. La descripción verbal es solamente referencia, la secuencia debe verse para entender esa atmósfera y esos lugares, que no pueden menos que repercutir en la gente que vive allí, ignorada y olvidada por el orden miserable.

No es tan difícil entender que no entendamos el hilo narrativo. La imagen se entiende, el peso de la realidad se recibe sin dudas. Todo esta carga nueva de lo popular mostrado en las dos películas merece destacarse. Cierto esoterismo de algunos diálogos y de la escena final de Mitómana se puede obviar.

hacer películas ABC1 o de las clases medias populares, o de los mismos pobres ya está bien pavimentado en discursos modélicos, pero explorar lo profundo en esas clases, y más todavía en el pueblo pobre, es meritorio, es en bastante medida atreverse a caminar en el aire, sin piso bajo los pies. Mitómana y El Pejesapo contribuyen precisamente en ese punto, y no se puede pretender que desde donde no hay apenas vocabularios, se traigan discursos cómodos de seguir.

Otros lugares con info y comentarios:

http://www.lafuga.cl/el-pejesapo/311

http://www.lafuga.cl/mitomana/608

Una película enclaustrada

CINE CHILENO: Cola de mono (Alberto Fuguet) (libre en Ondamedia: https://ondamedia.cl/#/player/cola-de-mono).

Si Fuguet se siente emparentado con Eugenio de Liguoro o José Bohr, no se hace un favor. Criticar o relativizar al “nuevo cine chileno” de los 60 está bien, hace falta, ¿pero hacerlo defendiendo El gran Circo Chamorro, Verdejo gasta un millón? Eso hace el director a través del personaje de la mamá, en una de las escenas iniciales. ¿Pero ese era buen cine?, ¿de verdad lo afirmas?

No creo que sea una estrategia caza ñoños, que no le cabe a un buen autor como Fuguet, sino una postura ideológica que habitualmente expresa al comienzo de sus novelas o películas. En Se arrienda es la pulla, el aguijón a Los Prisioneros, y se extiende argumentalmente en un personaje que pretende salvar a la música chilena.

Pero Cola de mono no propone una crítica al cine de los 60 por medio del mismo cine, habría que elaborar teorías para creerlo, sino que lo critica solo verbalmente, por socialista, o sea es un asunto ideológico, no fílmico. “Se equivoca ella, esa perra socialista” contesta la mamá al hijo unos minutos antes, en las escenas iniciales.

Y uno no se puede sorprender de esta obsesión, ya que es la misma obsesión pero al revés (como diría Ruiz) de los y las cineastas de izquierda. Pero en ellos y ellas, sean buenas o malas sus películas, la politización se hace proyecto y se extiende de diversos modos a toda la narración, esto ocurrió sin dudas a partir del “nuevo cine” de los 60. Pero aquí solamente se trata de frases o alcances, a través de diálogos.
Es claro que desde el estallido social de octubre de 2019, las declaraciones antisocialistas han emergido incluso en intelectuales antes más bien reservados, como Cristián Warnken, con tal espontaneidad y decisión que no quedan como simples señales, sino como defensas a fondo del “orden”.

En Cola de mono, el desarrollo psicológico, rivalidad, erotismo, homosexualidad, crueldad y sentimientos entre los personajes –que es de lo que la película se trata– está bien. Es interesante, provocativa. Del cine ABC1 chileno –desde mi perspectiva, parte considerable de toda la producción nacional– las de Fuguet tienen una calidad cinematográfica y una exploración de los personajes destacable, probablemente de las mejores.

En esa posición o estilo de vida más o menos aliviado de las urgencias de abajo, después de sus declaraciones antisocialistas, el problema político parece hacerse indiferente, no se hace parte del argumento, de la trama, de la carne, como sucede en las películas de izquierdas. Esas frases quedan fuera del mundo diegético, pero por lo mismo que están, uno entiende que la subjetividad y el deseo en Cola de mono está expresado desde una mentalidad (más bien que una clase social estricta) que hasta hoy se sigue pensando como el todo, no como una parte. En otras palabras, que se sigue pensando como la poseedora auténtica de subjetividad, saber y discurso, siendo que no le gusta mirar alrededor, solo mirarse a sí misma. De este modo produce obras enclaustradas.

No es la única en sintomatizar este separatismo de clase, o de mentalidad.

LÍNEAS DE FUGA nueva lectura

El paisaje bohemio de Concepción, retratado por Cristián Toro y Julio Gutiérrez.

En abril de 2017 hice mi primera lectura de Líneas de Fuga, novela gráfica de Julio Gutiérrez y Cristián Toro (ver aquí). Compleja, interesante, intensa en su expresividad, y que comunica la vida real de una ciudad –Concepción– con sus sombras, su belleza urbana, también con su queja justa en un país centralista y cruel. Es un conjunto de palpitaciones lo que hay dentro de ella. La imagen del corazón y sus arterias expresa esa sensación palpitante de sus páginas.

Sin embargo me costó esa vez meterme en el relato, o sea me costó entender la historia, porque habían probablemente ciertas claves que no captaba. Quise identificar como probables causas –de que las claves se escondieran– al deseo de presentarse como un discurso contemporáneo, o sea con influencias del arte visual y la filosofía del arte, que muchas veces no le vienen bien al relato gráfico, porque se originan en planteamientos sobre la imagen fija y a menudo única. Pensé también que la reiteración de los juicios negativos que recibe el protagonista, los que además él mismo se repite, como que detenían el relato, y no podía ver el sentido de su vagabundaje y sus acciones. 

Pero, sea que tuviera o no razón en algunos de esos aspectos, el comentario en su lado elogioso y en su lado crítico lo hacía motivado por la autenticidad y originalidad de Líneas de Fuga, junto a la calidad del dibujo urbano y arquitectónico de Cristián Toro. Esto me hizo buscarla de nuevo, a mediados de 2019, en los préstamos de la Biblioteca Nacional.

En la relectura reconocí que el sentido de las reiteraciones es el de perfilar al personaje protagonista, un joven entre los veinte y treinta años, de ocupación medio indefinida, con estudios congelados, con trabajo congelado, un poco patán, dado al alcohol y al carrete, quizá un “entregado sin luchar” como decía discepolín, que comparte un departamento con unos amigos, y que con su conducta (que bien mirado no hace daño a nadie), trae molestias y a menudo problemas a sus compañeros y a su familia. Reconocí que las reiteraciones en cualquier caso no son más que una transcripción de los juicios que una persona como esta recibe en la realidad todos los días. 

Entonces hay una presión social, confundida con la autopresión moral, que lo hace buscar algo, y esa búsqueda es como un vagabundaje instintivo, o algo así, hacia una solución, en el que más se enreda que se aclara. 

La terca o sorda rebeldía del que lo pasa muy mal en esta realidad quizá sea el gran tema del personaje, pero aún así el tema de la historieta es otro, más colectivo, que de nuevo no pude captar y por lo mismo no puedo explicar, pero tiene que ver con la ciudad. No la ciudad en abstracto sino Concepción y sus aledañas, sus lugares arquitectónicamente hermosos pero sobre todo sus lugares temibles, llenos de una historia de dolor y realidad en un país cruel. La ciudad y su dolor arrastran al personaje, quizá lo tientan, quizá sea imposible escapar de ella. Esto se puede percibir en secuencias intensas y nocturnas como la del puente de las vías férreas, la del taxista cargado de violencia incendiaria, o la que lleva al joven personaje a la cárcel, donde tiene un encuentro con el también joven Roberto Bolaño, todavía encerrado por los militares. 

Portada

Pero igual me costaba escribir estas ideas o este reporte de la segunda lectura. Quizá hay algo nuevo en Líneas de Fuga, que el tiempo posiblemente valorará. Pero el tiempo en etos casos no hace las cosas solo, se requiere al menos que hablemos de ella. 

Pero igual me costaba escribir estas ideas o este reporte de la segunda lectura. Quizá hay algo nuevo en Líneas de Fuga, que el tiempo posiblemente valorará. Pero el tiempo en etos casos no hace las cosas solo, se requiere al menos que hablemos de ella. 

En el quinto Encuentro Dibujos que Hablan tuvimos como ciudad invitada a Concepción. Entre las y los invitados especiales estaba Jorge Monsalves, cuyo tema era precisamente Líneas de Fuga, porque fue objeto de investigación de su tesis de posgrado. Lamentablemente ciertos problemas de horario que tuvimos en ese momento forzaron a Jorge a resumir abruptamente su ponencia, así como le pasó también a los otros invitados (Romina Peña, Paula Martínez y Alexis Figueroa). Dadas todas las disculpas por lo irreparable, digamos que Jorge Monsalves entrega las claves para entender a Puntos de Fuga y a las correrías de su personaje como un tema a la vez profundamente humano, joven, y profundamente penquista (de Conce), a la vez que se abre el contexto de Concepción como un lugar que origina propuestas, y no como un lugar de residencia. 

Hay varios trabajos de historietas chilenas, como los comentados de Rodolfo Aedo sobre la región de Aysén, entre otros y otras, con historias y temas de esos lugares y de la gente de allí, que son realmente interesantes. Es una tendencia (espero que continúe) inteligente, nueva, que por supuesto no tiene el ancla antigua ni del folclorismo ni del didactismo, sino que son historietas nuevas y contemporáneas. 

Pronto en el sitio web del Encuentro se publicarán los textos de Jorge, de Romina, Paula y Alexis, en los que podremos entender mejor la visión y el contexto de los creadores de una ciudad dura, prolífica y azul.