Dos cintas de cine popular chileno

EL PEJESAPO y MITÓMANA

Ambas películas defendidas en el mismo sentido que rechazadas. ¿Es CINE El Pejesapo? La pregunta la hace Juan E. Murillo en laFuga. Y esa pregunta envuelve tanto las descalificaciones desde “el buen cine” como las defensas desde la honestidad crítica.

El Pejesapo (pez feo, repugnante pero comestible) es un personaje que contradice la compasión o la solidaridad a la que nos incita su miseria material, su abandono y soledad enormes. Eso es muy incómodo, incita a la reacción de unos o a la apertura de otros ante la misma incomodidad. Como el personaje de Chicago chico, del escritor Armando Méndez Carrasco, que describe en la primera parte de la novela su raterismo indolente contra su propia madre –que no lo maltrataba– nos encontramos sin posibilidades ante la caída moral o ante la inconsciencia, y aunque bienpensantes la sabemos provocada por un orden inmoralmente mísero, debemos tragarla como es. El equívoco en ese sentido es que quizá la extensión de la película nos haga centrarnos en dicha caída moral como asunto de los pobres.

Mi pregunta no es si El Pejesapo es cine o no, sino de qué se trata el proyecto del colectivo que la realizó. Tal como el personaje, ellos saben lo que hacen. Quizá se trata de un dolor que necesita mostrarse tal como es, desesperanzado y abrumador. Si ese fuera el proyecto o parte de él, se cumple, sea como testimonio o como necesidad.

Tengamos en cuenta que, a diferencia de películas duras e inclementes como la italiana Feos, sucios y malos, que quiere destruir toda la cristiana misericordia neorrealista, El Pejesapo no generaliza, ni desmitifica ni enjuicia al pueblo pobre ni a lo popular, simplemente muestra algo en un personaje, labor esencialmente cinematográfica, aunque la insistencia quizá repetitiva nos haga llegar sumamente cansados al final aclarador.

La pregunta consiguiente es si la abundancia o la largura de la película no se debe a que en esa extensión se nos muestra una cultura y un mundo que no conocemos. El pueblo bajo, como se le llamaba antes, los sin casa, sin dios, los olvidados, aunque conocidos por cifras y datos, siguen siendo desconocidos en su mentalidad. Al menos desconocidos para el cine y para el cine chileno en particular. En estas dos películas respira esa mentalidad, y no se puede decir si nos parece inentendible u opaca porque lo sea de por sí, o porque no somos capaces de bajar de nuestras propias popularidades, que de todas maneras ven cine y leen libros.

En Mitómana la dificultad de seguir el hilo dramático es probablemente mayor que en El Pejesapo, se podría decir que se multiplican las claves o sobreentendidos para nosotros desconocidos, pues provienen de un mundo ignorado, el mundo que el mundo de arriba produce, pero quiere ignorar. Cabe decir, creemos conocer a los pobres pero ambas películas nos incomodan porque nos desmienten mostrándonos otra cosa que es indesmentible. Ya que, si bien la dificultad es difícil, atisbamos que lo que motiva y mueve a las protagonistas es reconocible pero está vivido de un modo que no se encaja en nuestras ideas de lo popular. Aun en el caso de ser algunas cosas invención de la película, lo que la hace respirar es ese mundo.

Lo que cabe sugerir en este punto es que ambas películas muestran un tipo de experiencia o forma de ser que son populares genuinamente, en el sentido que no están ni etiquetadas en lo popular ya reconocido, y tampoco hechas con o mejor dicho desde claves de la cultura usual, la cultura de masas o la cultura culta.

Mitómana tiene probablemente ciertas contaminaciones de lo culto, quizá ciertas claves rituales explicadas por la antropología, lo digo como intuición. No se trata de querer elevarlas a un podio de lo “puro”, o de lo “nuevo absoluto” aunque sí es perceptible su novedad. La travesía de la chica, la que miente de un modo distinto al Pejesapo, con otros fines más complejos, queda como sin consumarse. Ella no se mueve para sobrevivir, su búsqueda es espiritual, pero en el largo transcurso, y entre toda la gente y situaciones en que se envuelve, pareciera disolverse aquello que busca tan obstinadamente y tan solitariamente, es decir traspasa el objetivo de ganarse solo un papel como actriz. Sin embargo el transcurso –su odisea– vale en muchas ocasiones por sí mismo, por lo que muestra y la forma de mostrarlo, como en la secuencia en la pasarela sobre la autopista, lugar durísimo, acompañada de la niña que también ambiciona ser actriz, donde hay muñecas de Bachelet colgadas en protesta por el abandono. La descripción verbal es solamente referencia, la secuencia debe verse para entender esa atmósfera y esos lugares, que no pueden menos que repercutir en la gente que vive allí, ignorada y olvidada por el orden miserable.

No es tan difícil entender que no entendamos el hilo narrativo. La imagen se entiende, el peso de la realidad se recibe sin dudas. Todo esta carga nueva de lo popular mostrado en las dos películas merece destacarse. Cierto esoterismo de algunos diálogos y de la escena final de Mitómana se puede obviar.

hacer películas ABC1 o de las clases medias populares, o de los mismos pobres ya está bien pavimentado en discursos modélicos, pero explorar lo profundo en esas clases, y más todavía en el pueblo pobre, es meritorio, es en bastante medida atreverse a caminar en el aire, sin piso bajo los pies. Mitómana y El Pejesapo contribuyen precisamente en ese punto, y no se puede pretender que desde donde no hay apenas vocabularios, se traigan discursos cómodos de seguir.

Otros lugares con info y comentarios:

http://www.lafuga.cl/el-pejesapo/311

http://www.lafuga.cl/mitomana/608

Pos-data junio 2020. MITÓMANA desde hace unos días se encuentra en ONDAMEDIA.cl Colección Pateando piedras

LÍNEAS DE FUGA nueva lectura

El paisaje bohemio de Concepción, retratado por Cristián Toro y Julio Gutiérrez.

En abril de 2017 hice mi primera lectura de Líneas de Fuga, novela gráfica de Julio Gutiérrez y Cristián Toro (ver aquí). Compleja, interesante, intensa en su expresividad, y que comunica la vida real de una ciudad –Concepción– con sus sombras, su belleza urbana, también con su queja justa en un país centralista y cruel. Es un conjunto de palpitaciones lo que hay dentro de ella. La imagen del corazón y sus arterias expresa esa sensación palpitante de sus páginas.

Sin embargo me costó esa vez meterme en el relato, o sea me costó entender la historia, porque habían probablemente ciertas claves que no captaba. Quise identificar como probables causas –de que las claves se escondieran– al deseo de presentarse como un discurso contemporáneo, o sea con influencias del arte visual y la filosofía del arte, que muchas veces no le vienen bien al relato gráfico, porque se originan en planteamientos sobre la imagen fija y a menudo única. Pensé también que la reiteración de los juicios negativos que recibe el protagonista, los que además él mismo se repite, como que detenían el relato, y no podía ver el sentido de su vagabundaje y sus acciones. 

Pero, sea que tuviera o no razón en algunos de esos aspectos, el comentario en su lado elogioso y en su lado crítico lo hacía motivado por la autenticidad y originalidad de Líneas de Fuga, junto a la calidad del dibujo urbano y arquitectónico de Cristián Toro. Esto me hizo buscarla de nuevo, a mediados de 2019, en los préstamos de la Biblioteca Nacional.

En la relectura reconocí que el sentido de las reiteraciones es el de perfilar al personaje protagonista, un joven entre los veinte y treinta años, de ocupación medio indefinida, con estudios congelados, con trabajo congelado, un poco patán, dado al alcohol y al carrete, quizá un “entregado sin luchar” como decía discepolín, que comparte un departamento con unos amigos, y que con su conducta (que bien mirado no hace daño a nadie), trae molestias y a menudo problemas a sus compañeros y a su familia. Reconocí que las reiteraciones en cualquier caso no son más que una transcripción de los juicios que una persona como esta recibe en la realidad todos los días. 

Entonces hay una presión social, confundida con la autopresión moral, que lo hace buscar algo, y esa búsqueda es como un vagabundaje instintivo, o algo así, hacia una solución, en el que más se enreda que se aclara. 

La terca o sorda rebeldía del que lo pasa muy mal en esta realidad quizá sea el gran tema del personaje, pero aún así el tema de la historieta es otro, más colectivo, que de nuevo no pude captar y por lo mismo no puedo explicar, pero tiene que ver con la ciudad. No la ciudad en abstracto sino Concepción y sus aledañas, sus lugares arquitectónicamente hermosos pero sobre todo sus lugares temibles, llenos de una historia de dolor y realidad en un país cruel. La ciudad y su dolor arrastran al personaje, quizá lo tientan, quizá sea imposible escapar de ella. Esto se puede percibir en secuencias intensas y nocturnas como la del puente de las vías férreas, la del taxista cargado de violencia incendiaria, o la que lleva al joven personaje a la cárcel, donde tiene un encuentro con el también joven Roberto Bolaño, todavía encerrado por los militares. 

Portada

Pero igual me costaba escribir estas ideas o este reporte de la segunda lectura. Quizá hay algo nuevo en Líneas de Fuga, que el tiempo posiblemente valorará. Pero el tiempo en etos casos no hace las cosas solo, se requiere al menos que hablemos de ella. 

Pero igual me costaba escribir estas ideas o este reporte de la segunda lectura. Quizá hay algo nuevo en Líneas de Fuga, que el tiempo posiblemente valorará. Pero el tiempo en etos casos no hace las cosas solo, se requiere al menos que hablemos de ella. 

En el quinto Encuentro Dibujos que Hablan tuvimos como ciudad invitada a Concepción. Entre las y los invitados especiales estaba Jorge Monsalves, cuyo tema era precisamente Líneas de Fuga, porque fue objeto de investigación de su tesis de posgrado. Lamentablemente ciertos problemas de horario que tuvimos en ese momento forzaron a Jorge a resumir abruptamente su ponencia, así como le pasó también a los otros invitados (Romina Peña, Paula Martínez y Alexis Figueroa). Dadas todas las disculpas por lo irreparable, digamos que Jorge Monsalves entrega las claves para entender a Puntos de Fuga y a las correrías de su personaje como un tema a la vez profundamente humano, joven, y profundamente penquista (de Conce), a la vez que se abre el contexto de Concepción como un lugar que origina propuestas, y no como un lugar de residencia. 

Hay varios trabajos de historietas chilenas, como los comentados de Rodolfo Aedo sobre la región de Aysén, entre otros y otras, con historias y temas de esos lugares y de la gente de allí, que son realmente interesantes. Es una tendencia (espero que continúe) inteligente, nueva, que por supuesto no tiene el ancla antigua ni del folclorismo ni del didactismo, sino que son historietas nuevas y contemporáneas. 

Pronto en el sitio web del Encuentro se publicarán los textos de Jorge, de Romina, Paula y Alexis, en los que podremos entender mejor la visión y el contexto de los creadores de una ciudad dura, prolífica y azul.

Oprimidos y opresores /Antonio Gramsci [lectura]

De: ‘Antonio Gramsci. Antología’. Selección y notas de Manuel Sacristán. Siglo XXI Editores, 2007, 16ª edición (p. 8-10). La gráfica inspirada en fotograma de la película ‘Antonio Gramsci. I giorni del carcere’. Grabado con micrófono del compu, ojalá se escuche bien.

En estos dos meses hasta hoy del estallido social chileno, he estado más activo en el facebook Vicente Plaza, pero pensando en próximas entradas para dibujaryescribir. Saludos.

EL SENTIDO DEL RUMOR. La multiviñeta del flaco chile

Montealegre – De la Barra

El último libro de Jorge Montealegre sobre las historietas chilenas está dedicado a la multiviñeta o los multimonitos en viñeta que se llamó “El sentido del rumor”, realizado por Montealegre en los textos y por Luis Albornoz y Eduardo de la Barra en los dibujos. El sentido del rumor fue publicado en un suplemento dominical del diario La tercera durante 8 años, entre 1983 y 1991. Ese suplemento “Buen Domingo” es descrito por el autor como una especie de isla democrática en medio de un diario pro-dictadura pinochetista en esos años de censura y miedo. Inclusive ya en la transición “inacabable”, es decir luego del plebiscito del año 1988 y de la asunción al poder de la Concertación de partidos por la democracia, la posibilidad de trabajar opinando un poco en desacuerdo con aspectos de esa misma transición nunca fue fácil. Eso es lo que podemos leer en las memorias y remembranzas del propio autor implicado en El Sentido del Rumor, que esta vez, como lo explica, habla en primera persona dado que tiene que hablar de su trabajo en equipo con los dibujantes Albornoz y De la Barra, del diseñador y también dibujante Hernán Venegas y del contexto humano en que ellos trabajaban y vivían en los años de Pinochet.

Montealegre – Albornoz

Como todo lector de historietas y humor gráfico, usted está autorizado e incluso visado si quiere para leer primero los Sentido del Rumor en sí, o sea los monitos, y después el texto en el cual Jorge cuenta su origen, su ánimo, sus avatares y su cierre, que implican la vida socio política del flaco chile. Su formato era desde ya original, podríamos describirla como una viñeta grande donde se juntan una cantidad a veces incontable de monitos que hablan, que hacen cosas, que se dedican a sus cosas conversando, todos juntos y casi revueltos dentro de una escena general, que puede ser el partido de fútbol, la llegada del Halley (que no llegó), la feria, una muestra de historietas, o un policlínico público. Es decir que El sentido del Rumor fue una producción original, formalmente inclasificable, sin muchos modelos de formato, mientras que por el lado del humor y lo divertido late la chilenidad.

Montealegre – De la Barra

El tipo de humor de Jorge Montealegre, de Albornoz y De la Barra, no queda solamente en su ingenio para eludir la censura y pasar guiños a unos lectores que los captaban, sino en la gracia inesperada de las frases y de los monos, no siempre necesariamente hecha de alusiones contingentes, sino de una contingencia del mundo popular, del cual El Sentido del Rumor es de hecho una evidencia gráfica, talentosas fotos de multitud en primer y último caso alegres, poblada por gente a la que, a pesar de lo que se diga, no le faltaba de qué reírse. Para una muestra entre tantas, un personaje que dice “como dijo el teléfono, yo no respondo por mí”, o un vendedor de patos o pollos de cuerda corriendo detrás de un pollito que se le escapó, como buscando patiperrear solito. Es posible que el humor sustanciosamente popular de El sentido del rumor venga de La Chiva, de La Firme, o sea del nuevo humor gráfico (de izquierda, se entiende) que tuvo un período brillante en los años antes del golpe, pero también viene de más atrás, de toda la historia del humor gráfico chileno.

Mucho más podría decirse.

Oiga léalo, cómprelo, o averigüe en su biblioteca si ya le llegó.

Montealegre – Albornoz
Montealegre – De la Barra
Montealegre – De la Barra
Montealegre – Albornoz