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El Llanero Solitario de Dorfman. Un ensayo solitario

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solitario1

(NOTA post-pre: El adjetivo “solitario” va para un servidor que escribe acá, no para Dorfman. Tampoco es contra Dorfman)

Las narraciones que analiza Ariel Dorfman son, en sus propias palabras, subliteratura, obras industriales para las masas. Aunque en el caso de Babar aprecia méritos artísticos, sea en la capacidad de crear símbolos o en la belleza gráfica, no la ve en los patos de Disney, o en El llanero Solitario. Lo que ve en estos es eficacia ideológica y simbólica, porque transmiten el optimismo y la confianza de que el sistema dominante se regula por sí mismo, y tiende invariablemente al bien, a la restauración de la libertad, la inocencia y la naturaleza. Optimismo de que el sistema marcha hacia lo mejor de la humanidad, nunca hacia lo peor ni menos al sinsentido.

Se objeta que Dorfman no se ocupara de otros cómics, sino de esos que para él actúan como consoladores subliminales de las contradicciones de la realidad, y reemplazan por otra cosa la percepción de los problemas reales.

Este reemplazo o superposición ideológica, esta suplantación, es un poco difícil de discernir en los textos. Veamos cuando lo explica a propósito del problema de la vejez en un episodio de El Llanero Solitario: un viejo jubilado, sin ocupación, sin ánimo, desea suicidarse; pero con la ayuda del Llanero consigue salvar un tren de las manos de unos forajidos, demostrando que es útil a la sociedad. Resulta evidente, dice Dorfman, que la intervención del Llanero en la vida del viejo, pero también la oportuna presencia de los villanos, son factores imprescindibles para construir el mensaje sobre el problema de la vejez. [Sobre Patos, elefantes y héroes, la infancia como subdesarrollo. Segunda parte “Un viaje a través de la máscara, estudio del superhéroe”]

Tal como el héroe brinda la gracia, e interviene de forma providencial, si los villanos no hubieran estado ahí ¿cómo reafirmar el valor de ese anciano en la sociedad? Este hombre, dice Dorfman, representa la situación de muchos, pero a partir de aquel punto de referencia, la aventura olvida el problema de la vejez, y se ocupa precisamente en construir, para un personaje particular, un consuelo optimista y falso, que cubre la dificultad del mundo real. (p.100)

¿Sería posible rebatir, diciendo, por ejemplo, que el asunto no radica en la realidad, sino en la ficción, la aventura, el placer de la narración y del dibujo? Al menos acá no, porque la representación de problemas reales arranca de la propia historieta de El Llanero, no de la crítica.

En otros episodios se tratará de la legitimidad de uno u de otro propietario sobre una propiedad, de la destrucción de la naturaleza, los vicios de la civilización, etcétera. Lo que se objeta es que, para el momento en que él escribe, existían otras historietas que enfrentaban el mundo real con más verdad —o seriedad—, pero no las conoce, las omite, o no se ocupa de ellas. Es cierto, y no se entiende la omisión. Lo que se sabe es que quiere desmontar éstas historietas, esta subliteratura, como él mismo la llama. ¿Pero las otras historietas, en las que nosotros hoy pensamos, eran también para Dorfman una subliteratura, lo mismo que El Llanero Solitario? Queda la impresión que sí, pues por omisión engloba todo el género dentro de la misma definición.

Sigo con el concepto de sustitución de la realidad. En el mismo lugar (p.101) se refiere a otra aventura de El Llanero: “El complot fracasado”, donde –también al inicio– aparece el problema del desempleo. En principio, pareciera que un personaje, graficado como un hombre robusto y de aspecto siniestro, ha sido despedido injustamente, pero su jefe aclara que lo echó por causa de su flojera, su alcoholismo y sus malas compañías, y que le había dado una oportunidad a pesar de haber estado en la cárcel. Hay una situación típica, dice Dorfman, a un hombre se lo despide, los motivos en este caso son también comunes y razonables:

Pero esto no constituye sino una presunción de la verdad, una parte de ella. No hay nada que recuerde al lector que a la gente se la echa del trabajo principalmente por otras razones: las leyes económicas, la mecanización, la competencia por bajar costos, etc. La crisis, por lo tanto, que el lector presencia (y que a menudo sufre) en el mundo real, guarda una similitud aparente y sólo superficial con aquella que exhibe la ficción. Se parece lo suficiente, no obstante, como para que él pueda identificar y automáticamente correlacionar ambas estructuras, sustituyendo una por la otra, de manera que las soluciones dadas a dilemas falsamente definidos en el mundo ficticio, pueden representar soluciones que el lector aplicará en el mundo real a sus propios problemas y dificultades. Y —como es natural— se siente aliviado. Para romper esta ilusión, bastará con imaginar al Llanero confrontando el problema de la cesantía misma en vez de un despido por comportamiento incorrecto, intentando arreglar el terrible desgarro de la vejez en nuestra sociedad, en vez de darle una mano a un empleado jubilado. (p. 101)

Este mecanismo de sustitución, también se encuentra en Babar, de un modo distinto y más elaborado, y en los demás casos estudiados en Patos, elefantes y héroes.

El argumento de Dorfman, al imaginar las consecuencias lógicas y esperables a las capacidades de los héroes, es un paso a paso lógico, sin salirse del acuerdo de ficción de la historieta. En este punto hay una coincidencia importante con las deducciones de Umberto Eco en su análisis “El mito de Superman” [Apocalípticos e Integrados]. No está demás recordarlo:

Planteándonos el problema con el máximo de candor, pero también con el máximo de responsabilidad, aceptando todo como verosímil (…) un ser dotado de tales capacidades tendría ante sí un inmenso campo de acción.

Superman podría ejercer el bien a nivel cósmico, galáctico, y proporcionarnos una definición de sí mismo que, a través de la ampliación fantástica, aclarase al propio tiempo su propia ética.

En vez de eso, desarrolla su actividad a nivel de la pequeña comunidad en que vive… si bien emprende con la mayor naturalidad viajes a otras galaxias, ignora, no digamos ya la dimensión “mundo”, sino la dimensión “Estados Unidos” … Como otros han dicho ya, tenemos en Superman un ejemplo perfecto de conciencia cívica completamente separada de la conciencia política. (p. 253, 254, cursivas del autor).

CONCLUSION SOLITARIA
solitario2Pero aun si Dorfman subvaloraba todo el género de las historietas, eso no debería restar la importancia de sus análisis aplicados al rango determinado de ejemplos que estudia. En su lógica los cómics serían una lectura más rica, más sustanciosa, cuando no suplantan ni enmascaran los problemas reales que tocan. Esto es lo que se intentó en las historietas de Quimantú [ver artículo siguiente].

Sabemos que existían ya esas historietas cuando él escribió sobre el tema, y que con el tiempo transcurrido han ido aumentando en número y tal vez en riqueza. Es probable que algunas acusen recibo de lecturas críticas como la de Dorfman, o perciban por sí mismas los problemas. Que Dorfman las omitiera derrumba al menos su propio optimismo de pretender que los patos, elefantes y héroes caerían cuando se difundiera entre la gente su radiografía ideológica, tal como lo planteaba en las últimas líneas de Para leer al Pato Donald.

Pero yo no puedo hacer un giro contrario y omitir la existencia de cómics que, aunque reelaborados, “siguen estando para Dorfman y Mattelart” por decirlo así. Me refiero a los que desde una posición crítica y escéptica, mantienen no obstante las obsesivas suplantaciones de lo colectivo por lo individual, entre otras cosas. Sin City, al menos el volumen Mataría por ella, me parece un ejemplo en ese sentido: la reafirmación del individualismo mesiánico y de la bondad última del mundo que lo ha construido. ¿Pero cuál es el secreto entonces, y a pesar de todo, de su atractivo? ¿No omitió Dorfman también, de modo inexcusable, el análisis del talento del relato dibujado, o de los cuentos ilustrados, cuando los vio? ¿por qué solamente el caso de Babar le pareció más interesante en ese aspecto? ¿cabe preguntarse además si esa idea fija del individuo sobre la sociedad es más profunda, más antigua y más resistente a la crítica que la aplicación colonialista que hicieron los cómics estadounidenses?

¿Qué es literatura, para Dorfman?

En sus textos es abundante el término subliteratura, y su desarrollo, pero no así la idea de literatura, que queda como “fuera de cuadro”. No aparecen sino pistas de su idea de la literatura genuina. Una de ellas se encuentra en las mismas páginas que estamos refiriendo. Opuesta al “famoso optimismo que han proclamado los medios masivos como su filosofía vital, y que ha encontrado en el Hollywood de antaño y en las teleseries actuales su encarnación triunfal … la literatura de élite desde el romanticismo en adelante ataca esta noción, y, por el contrario, se encierra en la sensibilidad del hombre como víctima y fantasma, deshojándose en el profundo drama de la enajenación, pero haciéndolo para un público selecto y con métodos a menudo incomprensibles para la gran masa.”

Para Dorfman, el arte del siglo XX (drama, pintura, poesía, música, novela), ahonda en la percepción de que el sujeto, hombre, mujer, niño, es más bien un conjunto de fragmentos de un objeto humano “que quisiera controlar su destino”. A diferencia de esto, “el arte de masas reafirma que esa contradicción (la enajenación, ser objetos en vez de sujetos) es superable, y –en el caso de las historietas de acción– exalta la intervención conciente, la aparición justamente de un sujeto. No sólo activo, sino que hiperactivo. Ese individuo puede modificar la historia y superar la crisis. Es el héroe.” (p.103).

 

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Written by vichoplaza

febrero 25, 2015 a 10:17 pm

2 comentarios

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  1. Despues de leer “Para Leer el Pato Donald”, me pregunto si Dorfman de verdad lo habra leido, o si simplemente hizo un ejercicio de mala fe, con un proposito propagandistico burdo.
    El hecho que haya retraducido y reletreado dialogos de las historietas de Barks, cuyas versiones originales son tremendamente criticas a la cultura de masas moderna y sus ideales de “exito”, da que pensar.
    Por supuesto pedir honestidad intelectual a la izquierda, es como pedirle empatia a la derecha: peras al olmo!

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    Diego Jourdan Pereira

    mayo 31, 2016 at 5:04 pm

    • Hola Diego. Gracias por tu comentario, y acá esta respuesta atrasada como siempre: No stoy de acuerdo en que Dorfman “no leyó Tío Rico”, o que lo hizo de mala fe. Los textos de Barks no eran “tremendamente críticos de la cultura de masas”, Barks era creyente del capitalismo, y su crítica era, como es frecuente, sobre sus excesos, pero no sobre sus bases. Esto lo mostraba Felipe Muhr en un excelente estudio de ese tema.
      Por su parte Dorfman no tradujo ni reletreó, ni reemplazó frases de los patos por las que le convinieran. Encontró las traducciones que se hacían en Chile. Eso se critica en vez de ver su importancia. Su preocupación no es el “autor” sino la ideología, pese a quien le pese.

      Me gusta

      vichoplaza

      septiembre 13, 2016 at 7:22 am


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